Presentación
El sentido docente y un mono de tres cabezas

Ignacio Sánchez

Director Revista Pensadero

Mirar… Estudiantes aburridos.

- Creo que necesitan alguna motivación.

Abrir… Libro de texto.

- Eso no funciona.

Hablar con… Compañero hastiado.

- Creo que ahora mismo es mejor no hacerlo.

Usar… Pollo de goma con polea en medio con... Tablet.

- ¡¿Por qué debería funcionar?!

Quien se dedica a la enseñanza desarrolla una habilidad especial para probar, detectar y remendar. Una habilidad o un sentido docente, que no es un sentido común. En rigor, tampoco es una cualidad inherente al profesorado –del mismo modo que utilizar los intermitentes no es algo que todos los conductores hagan– así que digamos, simplemente, que quien está todos los días en clase rodeado de niños, niñas y adolescentes se halla en mejores condiciones para desarrollar su sentido docente. Es el sentido que te empuja a introducir pequeños cambios y mejoras en tus clases; el sentido que te ayuda a distinguir, cuando toca, entre lo que tus estudiantes quieren y lo que tus estudiantes necesitan; el sentido que te permite ver el futuro: unos títeres en un cartón de leche o un huerto en un rincón abandonado del patio...

Los profesores y profesoras que han perfeccionado este sentido son como los protagonistas de una aventura gráfica. Puede que las frases del comienzo de este texto te hayan resultado incomprensibles –todo depende de la infancia que tuvieses y, sobre todo, de cuándo la tuvieses– pero, si no ha sido así, seguro que te han sacado una sonrisa. Las frases son adaptaciones de los comandos que, en los videojuegos de aventuras gráficas del tipo point & click que proliferaron en los años noventa, te permitían controlar las acciones del personaje principal. The Secret of Monkey Island fue el Santo Grial de estos juegos; en él, un aprendiz de pirata llamado Guybrush Threepwood tenía que superar diversas pruebas y resolver puzles con lo más variopintos objetos de su inventario. Algunos rompecabezas eran lógicos y razonables, otros imposibles y rematadamente absurdos. Todos requerían más maña que fuerza, grandes dosis de paciencia y una lengua más afilada que la espada. Así también, los Guybrush Threepwoods de las aulas tienen que resolver, casi siempre con más ingenio que medios, los retos que implica eso tan maravilloso que es acompañar a otros a crecer.

En este segundo volumen de la Revista Pensadero encontrarás una sección de prácticas sistematizadas que es una buena prueba del ingenio y del sentido docente. También encontrarás una sección de investigación compuesta por dos artículos que reflexionan, desde perspectivas distintas, sobre la relación entre la innovación y la tradición en educación. Y al final del volumen lo que encontrarás es una reseña escrita por Fiorella López del libro de Mercedes Sánchez Pedagogías queer ¿Nos arriesgamos a hacer otra educación?

La contribución de Tania Alonso y David Reyero a la sección de investigación incluye una propuesta pedagógica de mucho interés para el profesorado de las facultades de educación, sobre todo para aquellos que todavía creemos que el cine puede hacernos mejores. El diagnóstico que hacen del contexto educativo actual, al que designan como “innovofílico”, los lleva a plantear interrogantes tan fecundos como valientes. Algunos están relacionados con el mismo acto de enseñar –“¿Qué podemos hacer para no «desheredar» a los estudiantes y a la vez motivarlos a recibir la herencia?”–, otros apuntan hacia la institución académica –“¿Nos equivocamos al ver los estudios de Magisterio como universitarios y debieran ser una Formación Profesional?”– y, a partir de ellos y del análisis de la película Whiplash (dir. Damien Chazelle, 2014), elaboran una sólida defensa del diálogo pedagógico.

Por su parte, Fátima María García Doval entra felizmente –y sin saberlo– en diálogo con estos autores cuando discute la percepción social de la realidad educativa y pone el dedo en la llaga de nuestros sesgos. Porque, en general, son pocos los que escapan a la seducción de la nostalgia –sirva como ejemplo esta presentación imbuida de recuerdos– y muchos los que, en el ámbito educativo, defienden sus ideas desde la atalaya del “es que los jóvenes de hoy en día…”. García Doval, con datos y argumentos de peso, nos invita a huir de ese lugar común y a rechazar actitudes alarmistas que muchas veces nacen, según nos explica, de los denominados pánicos morales. Ni nuestra juventud es peor de lo que fuimos nosotros, ni estamos a las puertas del Apocalipsis educativo.

En lo que se refiere a las prácticas sistematizadas, lo primero que quiero es hacer constar la satisfacción del Consejo de Redacción al haber conseguido cumplir con los objetivos que nos habíamos marcado: hemos ampliado el número de prácticas respecto al primer volumen y hemos incluido una práctica de la etapa de Primaria y otra del ámbito de la educación no formal. Lo hemos hecho, además, traspasando las fronteras de nuestro país.

Susana Alba Guerra es una maestra española que ha sistematizado y compartido el programa sobre comprensión lectora que desarrolló durante el curso pasado en un centro educativo de Zapopan (Jalisco, México). Es un programa denominado Círculo de Progresión Lectora, muy estructurado y secuenciado, que busca promover el interés por la lectura en niños y niñas de 3º a 6º de Primaria. Se incluyen en los anexos diversas herramientas derivadas del programa que, sin duda, serán de utilidad para muchos otros docentes.

Sonia Peirone y Susana Di Marco son las profesionales detrás de la Escuela Bosque, ubicada en Córdoba (Argentina). Es una “escuela de Sentidos y con Sentidos” que ofrece talleres para conectar a niños, niñas, jóvenes y familias con la naturaleza. Las autoras recogen los hallazgos y aprendizajes observados durante los últimos cinco años. Su texto es una invitación a abrir nuestros horizontes, a conocer otros contextos educativos y a dirigir la mirada hacia los espacios no formales de educación.

Del investigador y divulgador Juan G. Fernández, publicamos una práctica sobre el uso de modelos y ejemplos para mejorar la expresión escrita del alumnado en materias científicas. La ha llevado a cabo en Bachillerato, con estudiantes de la asignatura de Biología en el colegio de Madrid en el que es profesor. Es una práctica que permite trabajar la evaluación formativa y que ha arrojado resultados muy positivos. Esperamos que pueda ser adaptada y replicada a otras etapas y materias.

Evaluación, autoevaluación y retroalimentación: nunca se hará el suficiente hincapié en esta tríada decisiva, así que es una muy buena noticia que la de Juan G. Fernández no sea la única práctica publicada en este volumen que gira en torno a ella.

Porque Primero evaluar, luego calificar es el preciso título que encabeza la igualmente meridiana exposición del profesor Raúl Sánchez sobre una práctica desarrollada en otro instituto de Leganés. Es una lectura muy recomendable para quien quiera reflexionar sobre cómo la tarea evaluadora puede relacionarse con la motivación de los estudiantes, pero también con el pensamiento crítico, la actitud indagadora y la honestidad intelectual que es deseable inculcar en ellos.

Finalmente, el orientador Víctor Molinero presenta el proyecto educativo A por todas, desarrollado en un centro de Granada. Su objetivo es tan ambicioso como, a poco que lo pensemos, irrenunciable: “ayudar a los estudiantes a encontrar su motivación y propósito en la vida, y así mejorar su rendimiento académico y su comportamiento en el aula”. Su práctica pone de manifiesto la importancia del bienestar emocional, de la creación de vínculos y apoyos, y de un entorno escolar seguro.

Tanto la práctica de Víctor Molinero, que cierra la sección, como la de Susana Alba, que la abre, han sido sistematizadas en el Curso Miradas que Mejoran, organizado por la Fundación SM y la Fundación Promaestro. Otras versiones, simplificadas, de estas dos prácticas han sido publicadas recientemente en la plataforma EDUforics, de la Fundación SM.

Agradezco a todos los autores y revisores de este volumen su esfuerzo y su entusiasmo. Somos conscientes de que publicar en la Revista Pensadero no es fácil, sobre todo para el profesorado de aula, por lo que supone en términos de tiempo y exigencia personal. El plan de acompañamiento y tutorización en el que han participado los autores de la sección de prácticas sistematizadas ha sido una fuente inagotable de aprendizajes, descubrimientos y alegrías. Agradezco muy especialmente a Karen Pérez Rubio –rostro, manos y voz de ese plan de acompañamiento– su excelente labor editorial, así como al Consejo de Redacción y al equipo de Promaestro, con Jorge Úbeda y Macarena Verástegui, su apoyo y dedicación. Asimismo, quiero destacar la valiosa aportación de María de la Torre Barranco al proceso de corrección y maquetación del volumen.

Mira, detrás de ti, un mono de tres cabezas”, era una de las frases que podías hacerle decir a Guybrush Threepwood en el Monkey Island para intentar huir de alguna situación comprometida. Normalmente no daba resultado. Para cuando el mono de tres cabezas aparecía en pantalla –sí, ¡aparecía!– ya nadie creía al pobre Guybrush. Podías ver cómo el entrañable animal se comía un plátano –una cabeza se llevaba el plátano a la boca, otra lo masticaba y la tercera se lo tragaba– pero nadie más reparaba en él. Y, en efecto, lejos de ser un monstruo abominable, la criatura era un mono simpático, amigable y tranquilo, nada amenazador. El mono de tres cabezas es un hallazgo extraordinario de una sencillez candorosa. No es perfecto, ni siquiera es útil, es mejor que eso: es una idea feliz, una pequeña genialidad que nos alegra el camino.

Pues bien, la escuela está llena de monos de tres cabezas. Lo sabe cualquiera que haya pisado una y haya prestado un poco de atención. Sin embargo, quizás cansados de la retórica del marketing que constantemente apela a cosas extraordinarias, ni nos dejamos maravillar por ellos ni conseguimos que el resto del mundo sepa de su existencia. El problema entonces es… evidente: nos falta registrar, sistematizar y transferir adecuadamente ese conocimiento atesorado en las aulas.

Gracias a Susana Alba, a Sonia Peirone, a Susana Di Marco, a Juan Fernández, a Raúl Sánchez y a Víctor Molinero por regalarnos imágenes de 16,7 millones de colores de sus monos de tres cabezas.